
Hay un equilibrio desordenado en esta historia.
Un cuadro es testigo mudo entre
las personas, sus luchas, sus afectos.
Cuando los hechos son sistemáticamente encubiertos,
la única reconstrucción posible se convierte en ficción.
Cuál de todas las palabras iniciará el vuelo que me permitirá acercarme y conocer los detalles de tú historia. He pasado tantos años con esta persistencia en la memoria, con estas imágenes que regresan desde el viejo barrio. He guardado tanto tiempo esa figuración de despedida y por motivos que desconozco necesito darlas a conocer. Camino con esa fragilidad, con ese no saber adónde vamos, que va sobrevenir, en que lugar nos vamos a encontrar para traspasar el mojón donde el camino se dividió solo para ensamblarnos: porque estés donde estés, sé que vamos a encontrarnos.
He dialogado, frente a frente y con audacia, con la fotografía publicada en un diario años atrás del pintor, Me han aportado algunos datos concisos sus declaraciones: Paloma era maestra jardinera y alfabetizadora. Trabajo en Perú , luego regreso al país para trabajar en las villas, esa era toda la militancia que tenía Paloma, es decir, una militancia como la de tantos jóvenes que estaban detrás de una utopía, si hubiera sido guerrillera, yo lo diría, por que sentiría el mismo orgullo, de ninguna manera eso podría menoscabar su imagen. Pero no lo era hasta lo que yo conozco. Esa era su militancia y esa era la militancia del grupo de sus amigos y esos son los testimonios que tengo en sus cartas. Masticando el dolor, guardé silencio, paralizado, con la ilusión infantil que a través del trabajo iba a elaborar el dolor, que la pintura iba a devolver golpe por golpe. Un gesto de inocencia, no hice ninguna de las cosas que tenía que hacer” como si el pintor y tú madre nunca hubieran hecho nada para que puedas por fin remontar del destino en el que te sumergieron. De tantas historias parecidas, la tuya es de aquellas de las que no se saben nada, por que todos la negaron, incluso los que te buscaron, los que salieron al frente a dar la cara.
*
Ángeles Orieta no era mas que una niña atenta y sensible a su entorno. El treinta de Julio de 1977, Ángeles, en su último recorrido antes de subir al tren que la trasladaría a su nuevo destino, deambuló en su bicicleta azul plegable, sobre la mano izquierda de calle Córdoba hasta llegar a la ochava que forma con Lavalle.
En esa esquina, jugo por última vez con esa paloma de colores cenicientos que habitaba en sus visiones, primero intentó pintarla de colores inexistentes, luego le resulto tentador la gama de colores que conformaban los pensamientos de Darío. Ángeles quería que la tórtola se mimetizará con su mundo, pero la paloma alborozada y segura de sus matices resistió orgullosa hasta apuntar al viento, conciente de los peligros de desaparecer en las primeras horas de la noche.-
Recuerdo perfectamente los hechos, la última imagen, la que tantas veces me ha deslumbrado durante los últimos años, fue el día del incidente aquel en que la rueda de la bicicleta se enganchó en la vieja corredera del tranvía y caí clavándome la palanca del freno en la pierna izquierda. Está escrito en el libro de las enfermedades, en el que mamá rigurosamente anotaba cada una de las mínimas dolencia que sufriera cualquiera de sus hijos “30 de julio de 1977: hoy Ángeles salió en su bicicleta azul hasta la ochava de Lavalle y Córdoba. Siempre ha sido cuidadosa, pero hoy, bajo a la calle y siguió su paseo sobre el carril del viejo tranvía, la rueda se enganchó cuando quiso mantener el equilibrio sin sostener el manubrio con las manos, cayó al empedrado clavándose la palanca del freno en el muslo. Don Emilio, el almacenero fue quien me avisó, dice que parecía que quería empuñar algo... dijo “parecía” por que en realidad no había nada, pedaleaba mientras agitaba sus manos hacia el viento” sacudía mis manos porque procuraba atrapar la paloma que me revoloteaba, yo quería variar sus tonos, modificar su aspecto, para protegerla de mi presentimiento, de su inexcusable fatalidad: desaparecer. Hasta hoy he vivido con ese recuerdo sin sentido, con esa percepción, con esa seguridad de tener una obsesión que agotar, un recuerdo que retorna, que abre inquietudes.
He pensado escribirle a tú padre, el pintor del retrato usurpado, hablar de lo que nos sucedió a los dos ese día, mas no sé como comenzar. He fracaso en mis intentos. Él me observa desde sus dibujos y me amonesta con palabras de reportajes y entrevistas que amontono en mi escritorio.
Escribo el primer encabezamiento: Estimado pintor, pero su foto me detiene, sus ojos claros me limitan y me corrigen las letras de molde artista plástico y rompo un primer papel de carta y en un segundo, tercer y hasta cuarto intento, obstinada, ratifico: Estimado pintor, escapándome de las suposiciones, imitando su valentía a riesgo de perder está única oportunidad insisto: Mi Estimado Pintor: no pretendo entremeterme entre sus pertenencias o en su herencia de padre- me justifico ante la fotografía - quisiera encontrar el vínculo, el enlace, el significado a está necesidad de saber y de contarle, de explicar y que me explique, de conocer y que se sepa. Es ahí cuando su mirada se vuelve intransigente y comienzan hablarme: “me abstengo a contestarle, a confiarle la intimidad de su inocencia, no tengo que demostrar su integridad y menos aún su intimidad.” No es tú inocencia la que quiero comprobar, ni inspeccionar tus tramas interiores, es tú relación con mi premonición de niña, es está condenada insistencia a indagar, a impregnarme, saturarme con sus dibujos y sus murales, y buscarte en sus palabras. A esta locura de exhumarte a ti, Paloma, en cada uno de sus cuadros, en cada uno de sus crónicas y reseñas, a fundir todo para que formen frases que se convierten en respuestas que nunca me atreveré a solicitarle.
Estimado Pintor – intento nuevamente sobre una hoja en blanco - frente a usted seré la otra, la que entiende, la que encuentra explicaciones. Su fisonomía, se me ha convertido en un bello rostro familiar que me conmueve. Sus rasgos acostumbrados a las cicatrices que provocan la ausencia me refieren una vida comprometida, exhortando a una sociedad fragmentada entre los que no comprendieron a sus muertos por la turbación de convertirse en otros muertos, los que los negaban por conveniencia y los que crecíamos en la ignorancia habitada de visiones aciagas. Mi descarado intento ha pedirle su herencia de palabras, esas que aún no ha compartido, se silencia. No descubro derechos para solicitarlas. Tengo confianza, un día encontrará mi historia y decidirá corregirla con la auténtica.
Estoy acobardada, huérfana de abrazos y de silencios. Me invaden voces de liberación, de auxilio, disculpe usted está necesidad de narrar un simulacro, una reseña de la historia que nadie sabe como sucedió, que pudo ser así. Entre tantas conjeturas, yo vislumbre esta. Hoy la manifiesto, solo para descansar en la certeza que nos rescatan a los que crecimos con la frustración que genera un final que parece presentarse siempre como el mismo final.
*
Los recuerdos son de un mundo y una cultura campesina, mi formación fue eso, justamente la de un joven de provincia con toda la felicidad que da el paisaje, con toda la grandiosidad, esa dimensión enorme un poco abrumadora que tiene la cordillera, pero al mismo tiempo diáfana. Los cielos, los árboles, las acequias, ese Carlos Alonso que fui en mi infancia, persisten en mi memoria y de alguna manera lo sigo buscando.
Mis recuerdos son fragmentos en mi memoria, mis recuerdos son emociones que viajan entre cálidos mundos imaginarios, la convivencia asociada a juegos de hermanos, las terrazas soleadas en verano, los aromas de malvones en los balcones, la escalera de mármol blanco transformada en loco tobogán, la tortuga perdida en los rincones de la cocina. Los recuerdos son mi padre revelándome el gran secreto: Ángeles, mi pequeña niña, la eternidad es un bosque lleno de unicornios, Darío viajo a montar el suyo.
Nunca hice otra cosa que dibujar y pintar, y lo que no recuerdo me lo ha dicho mi madre. Dibujaba todo el tiempo, después seguí dibujando en los colegios que fui, luego lo hice en la escuela de Bellas Artes. Mi vocación fue irrefrenable y tuve la firmeza y la suerte de poder continuarla hasta hoy
Nunca hice otra cosa que leer y en algunas ocasiones a escondida escribir nuestra vida cotidiana. Los recuerdos permutan en los relatos de mis hermanos, pero yo ignoro sus remembranzas, solo conservo las mías. ¿Mi vocación? Nunca la descubrí, solo sé de libros, lecturas y biblioteca, tengo la suerte de poder continuar en el mismo camino.
En mi caso, el dolor tiene dos etapas. Una cuando no era mi dolor personal, cuando era intelectual, cuando tenía la salud interior y la estructura interior que me permitía abordar ciertos temas que los sufría intelectualmente o por convicciones ideológicas: sufría la injusticia, el atropello, la violencia del Estado contra las personas, ese era un dolor manejable, pasaba a la obra con una cierta naturalidad, no había interrupciones. Muy distinto fue cuando el dolor fue mío, en ese momento perdí esa capacidad de estructura, esa independencia, esa distancia del dolor y entonces se hizo imposible, se hizo mucho más difícil elaborar, porque no existía la convicción de que ese dolor tuviera que cambiar de lenguaje, me parecía ilegítimo, el dolor era el dolor. El deseo y la voluntad de transformarlo en obra fue un fracaso, para mí lo fue, porque cambiarlo significaba ponerlo en otra materia de otro grado de perennidad, de otro grado de relación con los demás
En mi caso el dolor perdió distancia y se hizo mío cuando comenzó a ser una materia pendiente a investigar un mes de Julio. La muerte profetizo al dolor. Por que hasta entonces, el dolor solo era un aguijonazo cuando estaba enferma, un poco de sangre tras la caída contra el suelo. La muerte no era dolor aún, por que la muerte era algo que les sucedía a los desconocidos. Moría la gente en accidentes de autos de los que hablaba la radio, o en alguna guerra que ocurría en algún país lejano de algún más lejano continente. La muerte solo era una palabra, una mala palabra suponía, por que nadie quería pronunciarla, y si no quedaba otra alternativa, al decirla, las tonalidades de las voces se convertían en pájaros oscuros a los que todos evitaban aproximarse.
A los cuatro años, la vivencia de la muerte fue deambular entre a los vecinos de la cuadra, reunidos en la sala de una casa de alguna esquina del barrio en que vivía. Se eternizaban ante un cuerpo rígido y color citrón tendido inmóvil dentro de una larga y estrecha caja de madera lustrosa y blanca.
El cuerpo estaba arropado, en esa calurosa tarde de invierno que imitaba las tardes de fines de primavera, con sábanas inmaculadas perfiladas con encajes. El inmóvil cuerpo resultó ser un cuerpo conocido. El muerto o el “difunto”, como todos lo apodaban, del que todos hablaban, imprevistamente nos había abandonado. Maravillada descubrí, que a la muerte, viajaba... ¡solo!, el mismísimo Darío. Mí compañero de aventuras en triciclo, mi amigo de los abrazos, mi camarada de juegos por los jardines del fondo de su casa. Darío era la estrella de aquella fiesta llena de silencios y olores extraños. Él mismo que dos días atrás, había inclinado sus labios hasta mi mejilla para darme un beso luego de haber compartido su último caramelo, despidiéndose porque esa noche dormía en casa de su tía ¿Por qué no me explicó que estaba preparando este viaje?
Mi presencia hizo brotar llantos silenciosos de una falsificación de Darío en tamaño desmesurado. Alguna cosa que balbuceo o tartamudeo mientras me remontaba hasta la altura de sus hombros, mi hizo presentir o adivinar que era su padre. Nunca había visto personalmente a ese hombre. Siempre estaba en algún lugar lejano comerciando con medicamentos. Darío solo me lo había presentado en fotografías en blanco y negro. Mi recuerdo era el de un Señor sonriente, con el mar o las montañas de fondo, o con Darío y su hermana jugando algún deporte de verano. Había tantas lágrimas en sus ojos...tantas…salían como pequeños torrentes a los lados de su rostro. El Padre de Darío –pensé - atesora ríos en sus ojos claros. Hice un reconocimiento de las lágrimas con mi mano izquierda y mis dedos se impregnaron de su húmeda tristeza. Entonces comencé a inquietarme y pedí que me bajara.
Había muchas cosas que no comprendía, otras me hacían especular que era hora de seguir mis averiguaciones sobre la conexión entre el dolor que comenzaba a nublar mis propios ojos y la muerte.
La muerte estaba siendo incongruente y disparatada. ¿Cuál era el sentido de dormir dentro de un receptáculo tan grande y tan extraño frente a todos los vecinos? ¿Cómo hacía un cuerpo inanimado para alzar el vuelo “en paz a la eternidad” - según escuché al pasar por delante de una mujer sombría vestida de gris - y permanecer ahí? En la sala todos susurraban y murmuraban sobre como el niño emprendió el misterioso viaje.
Yo repasaba algunas palabras mientras Darío seguía presente ante mi mirada. La eternidad se convirtió para mí en un accidente geográfico que todos vinculaban con la palabra muerte. Solo lograba recordar de mis búsquedas en el globo terráqueo, que colgaba sobre mi cama, montañas, ríos, lagos y mares. La eternidad no figuraba en ningún mapa. Finalmente deduje que era ese territorio lleno de árboles y unicornios del que papá hablo, al que partían otros, dejando un ardor en la mirada y lágrimas en los vecinos de las cuadras que vestidos de negro y de pie frente al viajero, despedían proclamando un dolor que no se comparaba con nada. Un dolor sin nombre, sin titulares. En la larga lista de palabras de nuestro idioma ese dolor no tenía denominación - escuche decir a la Iaia Laura.
¿Qué había de desconsolado en viajar a lugares desconocidos, valientemente solo, como lo había hecho Darío?
No lograba asociar a la muerte con la palabra dolor. Para mí los malestares físicos o los tropiezos típicos de la inexperiencia de circundar la vida, ocasionaban dolores. El dolor era equivalente a vida, la muerte solo comenzaba a convertirse en abandono.
La ausencia de Darío, sería triste nostalgia de sus caramelos, aburrimiento en los recorridos solitarios en triciclo, en los juegos de jardín. Ya nada de besos incendiarios en la mejilla, o árboles llenos de estrellitas cuando caíamos de ellos.
La ausencia de Darío era la palabra desilusión por que no volveríamos a vernos hasta que “Dios lo quiera”
¿Y cuando iba a quererlo Dios? pregunté a mis padres un domingo en el palomar – yo le pido que pronto. Papá y Mamá se apuraron en darme explicaciones que no entendía, solo advertí sus gestos asustados ante mi prisa., entonces confirme: decididamente mis padres tienen miedo de los unicornios.
Unas semanas antes que el difunto Darío se fugase, vislumbré en lo alto de la casa una paloma, una tórtola de colores ceniciento que confusamente o por falta de luz no lograba arrullar. Paloma era el nombre que alguien, que había vivido muchos años antes que nosotros, había elegido para ella. La primera vez que escuche la palabra fue en el relato del viejo Noé y su arca llena de animales, que nos contó la hermana Bernardita. Pero esa era distinta. Era blanca. No caería en el error de ponerle un sobrenombre como habían hecho con Darío antes de partir: El Difunto. Y no dejaría que utilizarán ese apelativo tan sin sentido que repetía sin cesar, frente al cuerpo embalado, su mamá Fernanda: ¡pobrecito ¡
Darío nunca fue pobrecito, él estaba lleno de aventuras. Incluso cundo le describí el extraño acontecimiento con paloma y el olor a flores muerta que despedía, me refirió sus “secretos y largos viajes” hasta la casa de una tía que no era tía, si no, una amiga de su madre, pero era tía, bueno casi como una tía por que ella y su mamá eran amigas de la infancia, compañeras de aventuras, igual que nosotros dos.
Darío decía siempre que también nosotros viviríamos tantos años como ellas, para ser tíos de nuestros hijos, aunque no estaba seguro si se podía ser padre y tío a la vez, por que el también quería ser padre de mis hijos, pero yo no estaba tan segura. De todas formas eso es una de las tantas cosas que no pudieron ser, por que él se transformó en ausencia.
La tía también se llamaba Paloma, habitaba en él piso doce de un edificio de departamentos. Fernanda, le anunciaba con varias horas de anticipación la visita. Primero caminaban dos cuadras hasta la parada del trolebús en la calle San Lorenzo. El trolebús era casi un colectivo, pero más divertido, por que en lugar de sentarse y ver las espaldas de las personas, los asientos estaban enfrentados y él podía hacer morisquetas a los pasajeros que se sentaban frente a ellos. Después de mucho, muchísimo rato, casi como más de treinta y picos de minutos, descendían por una puerta que estaba en mitad del pasillo y que tenía el primero de los muchos botones que había que tocar hasta llegar a la casa de la tía. El sonido avisaba al trolebúsero que debía parar para que ellos descendieran.
El timbre de la casa de la tía de Darío estaba en una placa llena de botones chiquititos entre muchos otros, y en el medio tenía un parlante:" como los de la radio de tú papá"- me dijo. Al rato que uno lo oprimía se sentía la voz de la tía que hablaba detrás de la pared. Darío me juro que la tía no era muy grande de tamaño, pero que tampoco tan chiquita como para poder meterse en ese parlante y hablar. Además de hablar por las paredes, la Tía Paloma hacia abrir la puerta misteriosamente con un zumbido que emitía, parecido al de una mosca, eso si debía ser una mosca muy grande por que hacia un gran ruido. Yo una vez le pregunté a Darío si ella no tendría poderes mágicos, pero él me juró que su tía no era bruja y que estaba seguro, por que en la casa no había ninguna bola de cristal.
En aquel edificio había al entrar por un largo pasillo, una gran caja con rejas ubicada en el hueco de las escaleras, donde luego de entrar, comenzaba a subir. Por las rejas podía verse por un lado la pared que daba a la nada y por el otro a veces se veía algún habitante del edificio, que no debería ser tan valiente por que trepaba por las escaleras y se perdía de escalar los pisos en esa gran caja. El aparato arrancaba después de tocar un botón que tenía el numero doce, él estaba seguro de eso por que era el mismo número que le dibujo el padre para mostrarle cuantos días estaría ausente en su último viaje.
Lo más bello de la casa de la tía era el balcón, desde donde se veía una gran torre de piedra que simulaba ser la torre de un barco y detrás de esa torre, un gran río, tan ancho, tan amplio, que él la primera vez que lo vio lo confundió con el mar.
Paloma tenía el departamento siempre ordenado, tan ordenado que seguramente guardaría las sillas en algún lugar, por que siempre se sentaban en el suelo sobre almohadones. Lo más impresionante era la cantidad de libros que había por toda la casa. Me contó en secreto que algunos deberían ser muy caros o raros o guardarían grandes secretos, por que los escondía en lugares muy extraños. Otros no porque cuando se lo prestaba a Fernanda los envolvía en papel de diario: " y los libros no se envuelven en papel de diario como la basura o los zapatos que se traen del zapatero” - me aclaró.
Pero de todas las cosas que tenía Paloma, lo que mas lo tenía admirado a Darío era el único cuadro que adornaba la sala. Ese cuadro convertía el ambiente en un escenario luminoso, alumbrado en gran medida por la mirada insondable y extraña de su protagonista. Era el retrato de alguien que era parte de la historia, del pasado, según le contaron. El retrato siempre observaba todo los movimientos de Darío. Si el caminaba de espalda y giraba de sorpresivamente, el hombre lo miraba; si él se escondía tras una pared y se asomaba de golpe la mirada estaba ahí atenta persiguiéndolo: "nunca, nunca esta distraído de mis pasos" - me dijo en voz baja al oído. Paloma le susurro un día, que el cuadro era un pensamiento de su padre que era pintor. -"¿Los pensamientos se pintan?- le pregunté a Darío, "claro que sí"- me respondió, "yo siempre pinto azul los pensamientos recordándote". El hombre de la pintura debería ser muy Argentino, por que el fondo representaba nuestra bandera.
Darío nunca fue pobrecito, siempre tenía los bolsillos llenos de piedras de colores, que a veces me prestaba. La verde era para la suerte. La roja para los días de pileta y la amarilla para cuando las nubes tapan el sol.
Por eso la Paloma escurridiza de mi terraza, no tendría nunca sobrenombres ni apelativos. Ella decía, por que también a veces me murmuraba cosas, que tan poco tenía dueño, por lo cual no era mi Paloma, sino solamente Paloma
*
Cuando se está ante un cuadro de Carlos Alonso, resulta imposible abandonarlo. Todos los adjetivos naufragan en la voracidad de sus líneas, en el espesor de sus óleos. El cuerpo de quien contempla experimenta las fuerzas centrífuga y centrípeta al mismo tiempo; la expulsión y la atracción se trenzan irreparablemente en una danza macabra, llena de música hermosa, rota, desvariada, una música que va y regresa desde el estallido de cristales hacia el silencio sordo de la intolerancia.
El hombre de botas negras sostenía la puerta de hierro y vidrio mientras hacia señas con la cabeza a otros tres, que permanecían dentro de un coche estacionado sobre la verdad izquierda, fumando. Siguiendo las órdenes, los tres descendieron al mismo tiempo, cruzaron la calle silenciosa en penumbras y lentamente ingresaron por el amplio palier hasta llegar a la escalera que rodeaba la caja del ascensor. El hombre de botas negras apagó el cigarrillo sobre el piso lustrado y deliberadamente soltó la puerta para que se cerrara con ruido y violencia.
Era la madrugada del 30 de Julio de 1977, el escudaron de la muerte nuevamente iniciaban una escalada hacia el silencio sordo de la intolerancia salpicado de cristales rotos. El destino era el piso doce, departamento A. Subían a la captura de una de las tantas malditas enemigas de los valores occidentales y cristianos, traidora a los intereses de la patria, que había vuelto del Perú para llenar de ideas extrañas y distribuir libros no convenientes entre los cabecitas negras a quien pretendía alfabetizar. Su nombre: Paloma Alonso Fauvety, hija del exiliado pintor.
Todos subieron en el antiguo ascensor. Al llegar al piso doce, los tres primeros en bajar tomaron rápidamente posición para el asalto imprevisto, esperando que el cuarto hombre, él de las botas negras, diera la indicación. Fue suficiente un pequeño movimiento de los ojos, para que la entrada fuera violentada muda de advertencia.
La estancia estaba apenas iluminada por la luz sutil que penetraba por la puerta ventana que daba a un amplio balcón desde donde se apreciaba la ciudad a orillas del asombroso río. Todas las paredes estaban revestidas de estanterías llenas de libros, a excepción de la que enfrentaba la puerta quebrantada por los cuatro intrusos armados, esa permanecía protegida por un lienzo fijado a la pared. El retrato exploraba desde su lugar la irrupción prevista tantas veces. Los intrusos armados sostuvieron la mirada confundidos sobre ese testigo mudo durante unos segundos que parecían no terminar. Uno de ellos ensayó dispararle, pero el hombre de botas negra lo inmovilizó. Camino unos pasos hasta quedar ante al cuadro con una sonrisa ávida, escudriño los trazos del pincel y los colores de la patria que narraban la biografía de ese hombre que aún hablaba bajo su lápida. Mientras buscaba la firma del pintor exiliado, un sonido lo intimidó y su reacción fue disparar. El rostro del niño ensimismado, se cruzó con la mirada del retrato, se desplazó
fuerte y enérgica a la de su asesino y sin entender bien que estaba ocurriendo de forma lenta fue cayendo mientras su mente se cruzaba con la sonrisa de Ángeles Orieta en la tarde que le dio aquel último beso.
Lo que siguió a la muerte de Darío fue una suerte de confusos gritos, disparos, destrozos. Paloma despertó con la primera descarga, corrió hacia el living y se encontró con el niño muerto. Comenzaron a golpearla hasta desmayarla. Mientras uno la ataba y encapuchaba, los otros iban apropiándose de todas sus pertenencias.
El hombre de botas negras contempló el cuerpo rígido y aún tibio que se encontraba sobre la alfombra roja, a lo largo y paralelo a una mesa pequeña. Los últimos restos amontonados de vida persistían fijos en los ojos claros que permanecían abiertos, una acaba sonrisa parecía desprenderse de sus labios de niño. El hombre apago la luz lamentando el error de haber disparado, el chico era aun bastante pequeño, como botín de guerra hubiera obtenido más dinero que por un necio retrato y un montón de libros. Antes de salir descolgaron el retrato del Che Guevara, lo llevaron junto con el cuerpo quebrantado de Paloma y sus pertenencias.
Argentina fue un escenario luminoso, alumbrado en gran medida por esa mirada del Che y por una generación que generosamente se echaba a la espalda el peso de la historia. Paloma fue a las reuniones, fue a las marchas, pintó su rebeldía en las paredes de Buenos Aires, se mezcló en esa marea y como miles más, fue una militante que avanzaba hacia nuevos horizontes.
En 1979, cuando la dictadura aún estaba en su apogeo el cuadro del Che, el pensamiento pintado por Alonso, apareció misteriosamente para la venta en una galería de Buenos Aires. Omar Cáceres, a quien el pintor lo había convertido en propietario legal de la obra a fines de los sesenta, se enteró que estaba a la venta. Finalmente pudo recuperar el
cuadro. Lo tuvo en su poder hasta el momento que la hija del Che, Aleida Guevara visitó Buenos Aires. Cáceres fue quien una vez había decidido que Paloma tuviera el cuadro del Che pintado por su padre. Esta vez, en un acto que se realizó en la Casa de Amistad Argentino Cubana, se lo entregó a la hija del Che y el cuadro forma parte ahora del museo del comandante guerrillero en Santa Clara, lo cual también es un homenaje a Paloma. El cuadro fue de la hija desaparecida del pintory ahora es de la hija del protagonista fusilado del cuadro.
La cara del Che pintada por Carlos Alonso estuvo sobre una pared del departamento de Paloma en esos años. Fue testigo mudo de su vida cotidiana, de sus sueños más generosos y de su audacia. También fue testigo de su secuestro cuando el grupo de tareas de la ESMA derrumbó la puerta, irrumpió en la estancia y la llevó por la fuerza en 1977. El trabajo del escuadrón fue minucioso, Se llevaron todo: a la persona, a todas sus pertenencias y a su cuadro. Desde ahí se convitito en botín de guerra.
La carta natal de Paloma Alonso Fauvety desaparecida el 30 de Julio de 1977 predice que encontró una muerte súbita y violenta el día 24 de setiembre del mismo año. Probablemente fue parte de ese confinamiento de horror, humillación y tortura. Quines la aman saben que sigue viva en todos esos lugares "que no se han podido llenar, en ese espacio vacío donde no pueden crecer más ni las flores ni las plantas”.-
Darío nunca fue pobrecito, solo fue uno más de tantos, que bajo la mirada de la libertad conoció la otra cara – pensaba veintiséis años después Ángeles Orieta- mientras observa las fotografías de Alonso publicadas en los periódico y las reproducciones de sus cuadros, que están sobre su mesa de trabajo en la biblioteca del pueblo. Cada tanto escribe cartas que nunca despachará.
He dialogado, frente a frente y con audacia, con la fotografía publicada en un diario años atrás del pintor, Me han aportado algunos datos concisos sus declaraciones: Paloma era maestra jardinera y alfabetizadora. Trabajo en Perú , luego regreso al país para trabajar en las villas, esa era toda la militancia que tenía Paloma, es decir, una militancia como la de tantos jóvenes que estaban detrás de una utopía, si hubiera sido guerrillera, yo lo diría, por que sentiría el mismo orgullo, de ninguna manera eso podría menoscabar su imagen. Pero no lo era hasta lo que yo conozco. Esa era su militancia y esa era la militancia del grupo de sus amigos y esos son los testimonios que tengo en sus cartas. Masticando el dolor, guardé silencio, paralizado, con la ilusión infantil que a través del trabajo iba a elaborar el dolor, que la pintura iba a devolver golpe por golpe. Un gesto de inocencia, no hice ninguna de las cosas que tenía que hacer” como si el pintor y tú madre nunca hubieran hecho nada para que puedas por fin remontar del destino en el que te sumergieron. De tantas historias parecidas, la tuya es de aquellas de las que no se saben nada, por que todos la negaron, incluso los que te buscaron, los que salieron al frente a dar la cara.
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Ángeles Orieta no era mas que una niña atenta y sensible a su entorno. El treinta de Julio de 1977, Ángeles, en su último recorrido antes de subir al tren que la trasladaría a su nuevo destino, deambuló en su bicicleta azul plegable, sobre la mano izquierda de calle Córdoba hasta llegar a la ochava que forma con Lavalle.
En esa esquina, jugo por última vez con esa paloma de colores cenicientos que habitaba en sus visiones, primero intentó pintarla de colores inexistentes, luego le resulto tentador la gama de colores que conformaban los pensamientos de Darío. Ángeles quería que la tórtola se mimetizará con su mundo, pero la paloma alborozada y segura de sus matices resistió orgullosa hasta apuntar al viento, conciente de los peligros de desaparecer en las primeras horas de la noche.-
Recuerdo perfectamente los hechos, la última imagen, la que tantas veces me ha deslumbrado durante los últimos años, fue el día del incidente aquel en que la rueda de la bicicleta se enganchó en la vieja corredera del tranvía y caí clavándome la palanca del freno en la pierna izquierda. Está escrito en el libro de las enfermedades, en el que mamá rigurosamente anotaba cada una de las mínimas dolencia que sufriera cualquiera de sus hijos “30 de julio de 1977: hoy Ángeles salió en su bicicleta azul hasta la ochava de Lavalle y Córdoba. Siempre ha sido cuidadosa, pero hoy, bajo a la calle y siguió su paseo sobre el carril del viejo tranvía, la rueda se enganchó cuando quiso mantener el equilibrio sin sostener el manubrio con las manos, cayó al empedrado clavándose la palanca del freno en el muslo. Don Emilio, el almacenero fue quien me avisó, dice que parecía que quería empuñar algo... dijo “parecía” por que en realidad no había nada, pedaleaba mientras agitaba sus manos hacia el viento” sacudía mis manos porque procuraba atrapar la paloma que me revoloteaba, yo quería variar sus tonos, modificar su aspecto, para protegerla de mi presentimiento, de su inexcusable fatalidad: desaparecer. Hasta hoy he vivido con ese recuerdo sin sentido, con esa percepción, con esa seguridad de tener una obsesión que agotar, un recuerdo que retorna, que abre inquietudes.
He pensado escribirle a tú padre, el pintor del retrato usurpado, hablar de lo que nos sucedió a los dos ese día, mas no sé como comenzar. He fracaso en mis intentos. Él me observa desde sus dibujos y me amonesta con palabras de reportajes y entrevistas que amontono en mi escritorio.
Escribo el primer encabezamiento: Estimado pintor, pero su foto me detiene, sus ojos claros me limitan y me corrigen las letras de molde artista plástico y rompo un primer papel de carta y en un segundo, tercer y hasta cuarto intento, obstinada, ratifico: Estimado pintor, escapándome de las suposiciones, imitando su valentía a riesgo de perder está única oportunidad insisto: Mi Estimado Pintor: no pretendo entremeterme entre sus pertenencias o en su herencia de padre- me justifico ante la fotografía - quisiera encontrar el vínculo, el enlace, el significado a está necesidad de saber y de contarle, de explicar y que me explique, de conocer y que se sepa. Es ahí cuando su mirada se vuelve intransigente y comienzan hablarme: “me abstengo a contestarle, a confiarle la intimidad de su inocencia, no tengo que demostrar su integridad y menos aún su intimidad.” No es tú inocencia la que quiero comprobar, ni inspeccionar tus tramas interiores, es tú relación con mi premonición de niña, es está condenada insistencia a indagar, a impregnarme, saturarme con sus dibujos y sus murales, y buscarte en sus palabras. A esta locura de exhumarte a ti, Paloma, en cada uno de sus cuadros, en cada uno de sus crónicas y reseñas, a fundir todo para que formen frases que se convierten en respuestas que nunca me atreveré a solicitarle.
Estimado Pintor – intento nuevamente sobre una hoja en blanco - frente a usted seré la otra, la que entiende, la que encuentra explicaciones. Su fisonomía, se me ha convertido en un bello rostro familiar que me conmueve. Sus rasgos acostumbrados a las cicatrices que provocan la ausencia me refieren una vida comprometida, exhortando a una sociedad fragmentada entre los que no comprendieron a sus muertos por la turbación de convertirse en otros muertos, los que los negaban por conveniencia y los que crecíamos en la ignorancia habitada de visiones aciagas. Mi descarado intento ha pedirle su herencia de palabras, esas que aún no ha compartido, se silencia. No descubro derechos para solicitarlas. Tengo confianza, un día encontrará mi historia y decidirá corregirla con la auténtica.
Estoy acobardada, huérfana de abrazos y de silencios. Me invaden voces de liberación, de auxilio, disculpe usted está necesidad de narrar un simulacro, una reseña de la historia que nadie sabe como sucedió, que pudo ser así. Entre tantas conjeturas, yo vislumbre esta. Hoy la manifiesto, solo para descansar en la certeza que nos rescatan a los que crecimos con la frustración que genera un final que parece presentarse siempre como el mismo final.
*
Los recuerdos son de un mundo y una cultura campesina, mi formación fue eso, justamente la de un joven de provincia con toda la felicidad que da el paisaje, con toda la grandiosidad, esa dimensión enorme un poco abrumadora que tiene la cordillera, pero al mismo tiempo diáfana. Los cielos, los árboles, las acequias, ese Carlos Alonso que fui en mi infancia, persisten en mi memoria y de alguna manera lo sigo buscando.
Mis recuerdos son fragmentos en mi memoria, mis recuerdos son emociones que viajan entre cálidos mundos imaginarios, la convivencia asociada a juegos de hermanos, las terrazas soleadas en verano, los aromas de malvones en los balcones, la escalera de mármol blanco transformada en loco tobogán, la tortuga perdida en los rincones de la cocina. Los recuerdos son mi padre revelándome el gran secreto: Ángeles, mi pequeña niña, la eternidad es un bosque lleno de unicornios, Darío viajo a montar el suyo.
Nunca hice otra cosa que dibujar y pintar, y lo que no recuerdo me lo ha dicho mi madre. Dibujaba todo el tiempo, después seguí dibujando en los colegios que fui, luego lo hice en la escuela de Bellas Artes. Mi vocación fue irrefrenable y tuve la firmeza y la suerte de poder continuarla hasta hoy
Nunca hice otra cosa que leer y en algunas ocasiones a escondida escribir nuestra vida cotidiana. Los recuerdos permutan en los relatos de mis hermanos, pero yo ignoro sus remembranzas, solo conservo las mías. ¿Mi vocación? Nunca la descubrí, solo sé de libros, lecturas y biblioteca, tengo la suerte de poder continuar en el mismo camino.
En mi caso, el dolor tiene dos etapas. Una cuando no era mi dolor personal, cuando era intelectual, cuando tenía la salud interior y la estructura interior que me permitía abordar ciertos temas que los sufría intelectualmente o por convicciones ideológicas: sufría la injusticia, el atropello, la violencia del Estado contra las personas, ese era un dolor manejable, pasaba a la obra con una cierta naturalidad, no había interrupciones. Muy distinto fue cuando el dolor fue mío, en ese momento perdí esa capacidad de estructura, esa independencia, esa distancia del dolor y entonces se hizo imposible, se hizo mucho más difícil elaborar, porque no existía la convicción de que ese dolor tuviera que cambiar de lenguaje, me parecía ilegítimo, el dolor era el dolor. El deseo y la voluntad de transformarlo en obra fue un fracaso, para mí lo fue, porque cambiarlo significaba ponerlo en otra materia de otro grado de perennidad, de otro grado de relación con los demás
En mi caso el dolor perdió distancia y se hizo mío cuando comenzó a ser una materia pendiente a investigar un mes de Julio. La muerte profetizo al dolor. Por que hasta entonces, el dolor solo era un aguijonazo cuando estaba enferma, un poco de sangre tras la caída contra el suelo. La muerte no era dolor aún, por que la muerte era algo que les sucedía a los desconocidos. Moría la gente en accidentes de autos de los que hablaba la radio, o en alguna guerra que ocurría en algún país lejano de algún más lejano continente. La muerte solo era una palabra, una mala palabra suponía, por que nadie quería pronunciarla, y si no quedaba otra alternativa, al decirla, las tonalidades de las voces se convertían en pájaros oscuros a los que todos evitaban aproximarse.
A los cuatro años, la vivencia de la muerte fue deambular entre a los vecinos de la cuadra, reunidos en la sala de una casa de alguna esquina del barrio en que vivía. Se eternizaban ante un cuerpo rígido y color citrón tendido inmóvil dentro de una larga y estrecha caja de madera lustrosa y blanca.
El cuerpo estaba arropado, en esa calurosa tarde de invierno que imitaba las tardes de fines de primavera, con sábanas inmaculadas perfiladas con encajes. El inmóvil cuerpo resultó ser un cuerpo conocido. El muerto o el “difunto”, como todos lo apodaban, del que todos hablaban, imprevistamente nos había abandonado. Maravillada descubrí, que a la muerte, viajaba... ¡solo!, el mismísimo Darío. Mí compañero de aventuras en triciclo, mi amigo de los abrazos, mi camarada de juegos por los jardines del fondo de su casa. Darío era la estrella de aquella fiesta llena de silencios y olores extraños. Él mismo que dos días atrás, había inclinado sus labios hasta mi mejilla para darme un beso luego de haber compartido su último caramelo, despidiéndose porque esa noche dormía en casa de su tía ¿Por qué no me explicó que estaba preparando este viaje?
Mi presencia hizo brotar llantos silenciosos de una falsificación de Darío en tamaño desmesurado. Alguna cosa que balbuceo o tartamudeo mientras me remontaba hasta la altura de sus hombros, mi hizo presentir o adivinar que era su padre. Nunca había visto personalmente a ese hombre. Siempre estaba en algún lugar lejano comerciando con medicamentos. Darío solo me lo había presentado en fotografías en blanco y negro. Mi recuerdo era el de un Señor sonriente, con el mar o las montañas de fondo, o con Darío y su hermana jugando algún deporte de verano. Había tantas lágrimas en sus ojos...tantas…salían como pequeños torrentes a los lados de su rostro. El Padre de Darío –pensé - atesora ríos en sus ojos claros. Hice un reconocimiento de las lágrimas con mi mano izquierda y mis dedos se impregnaron de su húmeda tristeza. Entonces comencé a inquietarme y pedí que me bajara.
Había muchas cosas que no comprendía, otras me hacían especular que era hora de seguir mis averiguaciones sobre la conexión entre el dolor que comenzaba a nublar mis propios ojos y la muerte.
La muerte estaba siendo incongruente y disparatada. ¿Cuál era el sentido de dormir dentro de un receptáculo tan grande y tan extraño frente a todos los vecinos? ¿Cómo hacía un cuerpo inanimado para alzar el vuelo “en paz a la eternidad” - según escuché al pasar por delante de una mujer sombría vestida de gris - y permanecer ahí? En la sala todos susurraban y murmuraban sobre como el niño emprendió el misterioso viaje.
Yo repasaba algunas palabras mientras Darío seguía presente ante mi mirada. La eternidad se convirtió para mí en un accidente geográfico que todos vinculaban con la palabra muerte. Solo lograba recordar de mis búsquedas en el globo terráqueo, que colgaba sobre mi cama, montañas, ríos, lagos y mares. La eternidad no figuraba en ningún mapa. Finalmente deduje que era ese territorio lleno de árboles y unicornios del que papá hablo, al que partían otros, dejando un ardor en la mirada y lágrimas en los vecinos de las cuadras que vestidos de negro y de pie frente al viajero, despedían proclamando un dolor que no se comparaba con nada. Un dolor sin nombre, sin titulares. En la larga lista de palabras de nuestro idioma ese dolor no tenía denominación - escuche decir a la Iaia Laura.
¿Qué había de desconsolado en viajar a lugares desconocidos, valientemente solo, como lo había hecho Darío?
No lograba asociar a la muerte con la palabra dolor. Para mí los malestares físicos o los tropiezos típicos de la inexperiencia de circundar la vida, ocasionaban dolores. El dolor era equivalente a vida, la muerte solo comenzaba a convertirse en abandono.
La ausencia de Darío, sería triste nostalgia de sus caramelos, aburrimiento en los recorridos solitarios en triciclo, en los juegos de jardín. Ya nada de besos incendiarios en la mejilla, o árboles llenos de estrellitas cuando caíamos de ellos.
La ausencia de Darío era la palabra desilusión por que no volveríamos a vernos hasta que “Dios lo quiera”
¿Y cuando iba a quererlo Dios? pregunté a mis padres un domingo en el palomar – yo le pido que pronto. Papá y Mamá se apuraron en darme explicaciones que no entendía, solo advertí sus gestos asustados ante mi prisa., entonces confirme: decididamente mis padres tienen miedo de los unicornios.
Unas semanas antes que el difunto Darío se fugase, vislumbré en lo alto de la casa una paloma, una tórtola de colores ceniciento que confusamente o por falta de luz no lograba arrullar. Paloma era el nombre que alguien, que había vivido muchos años antes que nosotros, había elegido para ella. La primera vez que escuche la palabra fue en el relato del viejo Noé y su arca llena de animales, que nos contó la hermana Bernardita. Pero esa era distinta. Era blanca. No caería en el error de ponerle un sobrenombre como habían hecho con Darío antes de partir: El Difunto. Y no dejaría que utilizarán ese apelativo tan sin sentido que repetía sin cesar, frente al cuerpo embalado, su mamá Fernanda: ¡pobrecito ¡
Darío nunca fue pobrecito, él estaba lleno de aventuras. Incluso cundo le describí el extraño acontecimiento con paloma y el olor a flores muerta que despedía, me refirió sus “secretos y largos viajes” hasta la casa de una tía que no era tía, si no, una amiga de su madre, pero era tía, bueno casi como una tía por que ella y su mamá eran amigas de la infancia, compañeras de aventuras, igual que nosotros dos.
Darío decía siempre que también nosotros viviríamos tantos años como ellas, para ser tíos de nuestros hijos, aunque no estaba seguro si se podía ser padre y tío a la vez, por que el también quería ser padre de mis hijos, pero yo no estaba tan segura. De todas formas eso es una de las tantas cosas que no pudieron ser, por que él se transformó en ausencia.
La tía también se llamaba Paloma, habitaba en él piso doce de un edificio de departamentos. Fernanda, le anunciaba con varias horas de anticipación la visita. Primero caminaban dos cuadras hasta la parada del trolebús en la calle San Lorenzo. El trolebús era casi un colectivo, pero más divertido, por que en lugar de sentarse y ver las espaldas de las personas, los asientos estaban enfrentados y él podía hacer morisquetas a los pasajeros que se sentaban frente a ellos. Después de mucho, muchísimo rato, casi como más de treinta y picos de minutos, descendían por una puerta que estaba en mitad del pasillo y que tenía el primero de los muchos botones que había que tocar hasta llegar a la casa de la tía. El sonido avisaba al trolebúsero que debía parar para que ellos descendieran.
El timbre de la casa de la tía de Darío estaba en una placa llena de botones chiquititos entre muchos otros, y en el medio tenía un parlante:" como los de la radio de tú papá"- me dijo. Al rato que uno lo oprimía se sentía la voz de la tía que hablaba detrás de la pared. Darío me juro que la tía no era muy grande de tamaño, pero que tampoco tan chiquita como para poder meterse en ese parlante y hablar. Además de hablar por las paredes, la Tía Paloma hacia abrir la puerta misteriosamente con un zumbido que emitía, parecido al de una mosca, eso si debía ser una mosca muy grande por que hacia un gran ruido. Yo una vez le pregunté a Darío si ella no tendría poderes mágicos, pero él me juró que su tía no era bruja y que estaba seguro, por que en la casa no había ninguna bola de cristal.
En aquel edificio había al entrar por un largo pasillo, una gran caja con rejas ubicada en el hueco de las escaleras, donde luego de entrar, comenzaba a subir. Por las rejas podía verse por un lado la pared que daba a la nada y por el otro a veces se veía algún habitante del edificio, que no debería ser tan valiente por que trepaba por las escaleras y se perdía de escalar los pisos en esa gran caja. El aparato arrancaba después de tocar un botón que tenía el numero doce, él estaba seguro de eso por que era el mismo número que le dibujo el padre para mostrarle cuantos días estaría ausente en su último viaje.
Lo más bello de la casa de la tía era el balcón, desde donde se veía una gran torre de piedra que simulaba ser la torre de un barco y detrás de esa torre, un gran río, tan ancho, tan amplio, que él la primera vez que lo vio lo confundió con el mar.
Paloma tenía el departamento siempre ordenado, tan ordenado que seguramente guardaría las sillas en algún lugar, por que siempre se sentaban en el suelo sobre almohadones. Lo más impresionante era la cantidad de libros que había por toda la casa. Me contó en secreto que algunos deberían ser muy caros o raros o guardarían grandes secretos, por que los escondía en lugares muy extraños. Otros no porque cuando se lo prestaba a Fernanda los envolvía en papel de diario: " y los libros no se envuelven en papel de diario como la basura o los zapatos que se traen del zapatero” - me aclaró.
Pero de todas las cosas que tenía Paloma, lo que mas lo tenía admirado a Darío era el único cuadro que adornaba la sala. Ese cuadro convertía el ambiente en un escenario luminoso, alumbrado en gran medida por la mirada insondable y extraña de su protagonista. Era el retrato de alguien que era parte de la historia, del pasado, según le contaron. El retrato siempre observaba todo los movimientos de Darío. Si el caminaba de espalda y giraba de sorpresivamente, el hombre lo miraba; si él se escondía tras una pared y se asomaba de golpe la mirada estaba ahí atenta persiguiéndolo: "nunca, nunca esta distraído de mis pasos" - me dijo en voz baja al oído. Paloma le susurro un día, que el cuadro era un pensamiento de su padre que era pintor. -"¿Los pensamientos se pintan?- le pregunté a Darío, "claro que sí"- me respondió, "yo siempre pinto azul los pensamientos recordándote". El hombre de la pintura debería ser muy Argentino, por que el fondo representaba nuestra bandera.
Darío nunca fue pobrecito, siempre tenía los bolsillos llenos de piedras de colores, que a veces me prestaba. La verde era para la suerte. La roja para los días de pileta y la amarilla para cuando las nubes tapan el sol.
Por eso la Paloma escurridiza de mi terraza, no tendría nunca sobrenombres ni apelativos. Ella decía, por que también a veces me murmuraba cosas, que tan poco tenía dueño, por lo cual no era mi Paloma, sino solamente Paloma
*
Cuando se está ante un cuadro de Carlos Alonso, resulta imposible abandonarlo. Todos los adjetivos naufragan en la voracidad de sus líneas, en el espesor de sus óleos. El cuerpo de quien contempla experimenta las fuerzas centrífuga y centrípeta al mismo tiempo; la expulsión y la atracción se trenzan irreparablemente en una danza macabra, llena de música hermosa, rota, desvariada, una música que va y regresa desde el estallido de cristales hacia el silencio sordo de la intolerancia.
El hombre de botas negras sostenía la puerta de hierro y vidrio mientras hacia señas con la cabeza a otros tres, que permanecían dentro de un coche estacionado sobre la verdad izquierda, fumando. Siguiendo las órdenes, los tres descendieron al mismo tiempo, cruzaron la calle silenciosa en penumbras y lentamente ingresaron por el amplio palier hasta llegar a la escalera que rodeaba la caja del ascensor. El hombre de botas negras apagó el cigarrillo sobre el piso lustrado y deliberadamente soltó la puerta para que se cerrara con ruido y violencia.
Era la madrugada del 30 de Julio de 1977, el escudaron de la muerte nuevamente iniciaban una escalada hacia el silencio sordo de la intolerancia salpicado de cristales rotos. El destino era el piso doce, departamento A. Subían a la captura de una de las tantas malditas enemigas de los valores occidentales y cristianos, traidora a los intereses de la patria, que había vuelto del Perú para llenar de ideas extrañas y distribuir libros no convenientes entre los cabecitas negras a quien pretendía alfabetizar. Su nombre: Paloma Alonso Fauvety, hija del exiliado pintor.
Todos subieron en el antiguo ascensor. Al llegar al piso doce, los tres primeros en bajar tomaron rápidamente posición para el asalto imprevisto, esperando que el cuarto hombre, él de las botas negras, diera la indicación. Fue suficiente un pequeño movimiento de los ojos, para que la entrada fuera violentada muda de advertencia.
La estancia estaba apenas iluminada por la luz sutil que penetraba por la puerta ventana que daba a un amplio balcón desde donde se apreciaba la ciudad a orillas del asombroso río. Todas las paredes estaban revestidas de estanterías llenas de libros, a excepción de la que enfrentaba la puerta quebrantada por los cuatro intrusos armados, esa permanecía protegida por un lienzo fijado a la pared. El retrato exploraba desde su lugar la irrupción prevista tantas veces. Los intrusos armados sostuvieron la mirada confundidos sobre ese testigo mudo durante unos segundos que parecían no terminar. Uno de ellos ensayó dispararle, pero el hombre de botas negra lo inmovilizó. Camino unos pasos hasta quedar ante al cuadro con una sonrisa ávida, escudriño los trazos del pincel y los colores de la patria que narraban la biografía de ese hombre que aún hablaba bajo su lápida. Mientras buscaba la firma del pintor exiliado, un sonido lo intimidó y su reacción fue disparar. El rostro del niño ensimismado, se cruzó con la mirada del retrato, se desplazó
fuerte y enérgica a la de su asesino y sin entender bien que estaba ocurriendo de forma lenta fue cayendo mientras su mente se cruzaba con la sonrisa de Ángeles Orieta en la tarde que le dio aquel último beso.
Lo que siguió a la muerte de Darío fue una suerte de confusos gritos, disparos, destrozos. Paloma despertó con la primera descarga, corrió hacia el living y se encontró con el niño muerto. Comenzaron a golpearla hasta desmayarla. Mientras uno la ataba y encapuchaba, los otros iban apropiándose de todas sus pertenencias.
El hombre de botas negras contempló el cuerpo rígido y aún tibio que se encontraba sobre la alfombra roja, a lo largo y paralelo a una mesa pequeña. Los últimos restos amontonados de vida persistían fijos en los ojos claros que permanecían abiertos, una acaba sonrisa parecía desprenderse de sus labios de niño. El hombre apago la luz lamentando el error de haber disparado, el chico era aun bastante pequeño, como botín de guerra hubiera obtenido más dinero que por un necio retrato y un montón de libros. Antes de salir descolgaron el retrato del Che Guevara, lo llevaron junto con el cuerpo quebrantado de Paloma y sus pertenencias.
Argentina fue un escenario luminoso, alumbrado en gran medida por esa mirada del Che y por una generación que generosamente se echaba a la espalda el peso de la historia. Paloma fue a las reuniones, fue a las marchas, pintó su rebeldía en las paredes de Buenos Aires, se mezcló en esa marea y como miles más, fue una militante que avanzaba hacia nuevos horizontes.
En 1979, cuando la dictadura aún estaba en su apogeo el cuadro del Che, el pensamiento pintado por Alonso, apareció misteriosamente para la venta en una galería de Buenos Aires. Omar Cáceres, a quien el pintor lo había convertido en propietario legal de la obra a fines de los sesenta, se enteró que estaba a la venta. Finalmente pudo recuperar el
cuadro. Lo tuvo en su poder hasta el momento que la hija del Che, Aleida Guevara visitó Buenos Aires. Cáceres fue quien una vez había decidido que Paloma tuviera el cuadro del Che pintado por su padre. Esta vez, en un acto que se realizó en la Casa de Amistad Argentino Cubana, se lo entregó a la hija del Che y el cuadro forma parte ahora del museo del comandante guerrillero en Santa Clara, lo cual también es un homenaje a Paloma. El cuadro fue de la hija desaparecida del pintory ahora es de la hija del protagonista fusilado del cuadro.
La cara del Che pintada por Carlos Alonso estuvo sobre una pared del departamento de Paloma en esos años. Fue testigo mudo de su vida cotidiana, de sus sueños más generosos y de su audacia. También fue testigo de su secuestro cuando el grupo de tareas de la ESMA derrumbó la puerta, irrumpió en la estancia y la llevó por la fuerza en 1977. El trabajo del escuadrón fue minucioso, Se llevaron todo: a la persona, a todas sus pertenencias y a su cuadro. Desde ahí se convitito en botín de guerra.
La carta natal de Paloma Alonso Fauvety desaparecida el 30 de Julio de 1977 predice que encontró una muerte súbita y violenta el día 24 de setiembre del mismo año. Probablemente fue parte de ese confinamiento de horror, humillación y tortura. Quines la aman saben que sigue viva en todos esos lugares "que no se han podido llenar, en ese espacio vacío donde no pueden crecer más ni las flores ni las plantas”.-
Darío nunca fue pobrecito, solo fue uno más de tantos, que bajo la mirada de la libertad conoció la otra cara – pensaba veintiséis años después Ángeles Orieta- mientras observa las fotografías de Alonso publicadas en los periódico y las reproducciones de sus cuadros, que están sobre su mesa de trabajo en la biblioteca del pueblo. Cada tanto escribe cartas que nunca despachará.
2 comentarios:
Conocí a Paloma en la secundaria. Era una chica sensible y muy comprometida.
Mi recuerdo y emoción
Daniel
Hola Daniel
Gracias por tú recuerdo.
No conocí a Paloma, pero por alguna razón inexplicables su historia me enociona.
Sofia
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