
Hoy en este cuarto algo inesperado ha sucedido. La mujer vestida de azul levantó la mirada atravesando la mía.
La he estado observando todo este último tiempo. No sé si habitualmente ella paseaba por el bosque y descansaba en el banco de piedra bajo el pino. Nunca antes del día de la subasta lo había notado.
Eso fue al comienzo de este otoño. Ella bajaba por el bosque, llevaba en sus manos un pequeño cofre, que abría y cerraba constantemente como verificando su contenido. Caminaba con alegría sin ocultar la preocupación de los que no encuentran.
Yo estaba tras el cristal de la puerta ventana que da al balcón de esta habitación, incrédulo como todo el último tiempo, reconfortando mi tristeza con algunas mezclas no muy convenientes, cuando comenzó a girar con los brazos abiertos y extendidos hacia el cielo.Apoyo el pequeño receptáculo sobre el banco y sin perderlo de vista daba vueltas, entremezclándose con los árboles hasta que finalmente desparramó su cuerpo sobre el asiento radiante y extenuada.
No es una mujer bella, sus formas me recuerdan a la silueta traslucida e inalcanzable del cuadro que ahora está en la biblioteca.
Sus manos...blancas...cuidadas, me provocan curiosidad. Desde el primer día que la descubrí me ha hecho trampa. Cuando la veo asomarse da unos pasos deambulando de aquí para allá, entre los aromas que desprende toda la naturaleza y los que imagino que ella posee, hasta llegar finalmente bajo el pino centenario.
Se sienta, acomoda su vestido siempre en la gama de los azules, con una de sus manos, mientras con la otra protege el cofre.
Al principio ni bien la veía llegar y ubicarse en el banco de piedra, corría en marcha desesperada por las escaleras hasta la planta baja, abría la puerta de roble y salía en dirección a las rejas por el camino de ingreso de los coches, pero para cuando llegaba... ya no estaba.
Me inquieta saber si se encuentra con alguien o si como imagino solamente se esfuma.
Tiene la actitud de los sin tierra. La he visto un atardecer, en medio de dos sujetos que hablaban por entre encima de su cabeza. Ella permanecía inmóvil, cómplice de alguna conversación apasionada y a la vez ajena, sin intervenir, como si en realidad no estuviera.
Esta tarde cuando corrí en su búsqueda, llegue a la verja decidido a traspasarla y recorrer todo el bosque hasta encontrarla.
En la penumbra, me encandilaron las luces estáticas que con mi paso se consumían, mientras explotaban luminosidades que se desvanecían entre sonidos innobles. Quede atrapado de ese cuadro, sin movimientos, desorientado. No logré encontrarla.
Ante tal desolación abandoné mi búsqueda y al penetrar a la casa fui directamente a la biblioteca tirando todo mi cuerpo quebrantado en el sillón.
Levanté el rostro y reparé en la pintura que la evocaba. Había en ella algo que me serenaba, la misma sensación que siento al percibir la mujer del vestido azul, la dama del bosque.
En la frontera que separa el pensar y el soñar, sin darme cuenta fui perdiendo el sentido del espacio y el tiempo, reviviendo aquel día en la subasta y mi empeño por adquirir ese cuadro que solo representaba un humilde paisaje placentero y habitable.
La silueta del cuadro, la del vestido de azul sin rostro parecía tener vida ante mis ojos. Solo ante mis ojos:
-Se deja querer- comento a mi oído, un anciano de traje blanco sentado a mi izquierda- hay muchos animales llamados racionales que parecen haber vivido sesenta u ochenta años, y a los que un día se los lleva al cementerio, sin que jamás hallan logrado salir de la nada. Muchos, incluso famosos en su viaje del útero al sepulcro.
La he estado observando todo este último tiempo. No sé si habitualmente ella paseaba por el bosque y descansaba en el banco de piedra bajo el pino. Nunca antes del día de la subasta lo había notado.
Eso fue al comienzo de este otoño. Ella bajaba por el bosque, llevaba en sus manos un pequeño cofre, que abría y cerraba constantemente como verificando su contenido. Caminaba con alegría sin ocultar la preocupación de los que no encuentran.
Yo estaba tras el cristal de la puerta ventana que da al balcón de esta habitación, incrédulo como todo el último tiempo, reconfortando mi tristeza con algunas mezclas no muy convenientes, cuando comenzó a girar con los brazos abiertos y extendidos hacia el cielo.Apoyo el pequeño receptáculo sobre el banco y sin perderlo de vista daba vueltas, entremezclándose con los árboles hasta que finalmente desparramó su cuerpo sobre el asiento radiante y extenuada.
No es una mujer bella, sus formas me recuerdan a la silueta traslucida e inalcanzable del cuadro que ahora está en la biblioteca.
Sus manos...blancas...cuidadas, me provocan curiosidad. Desde el primer día que la descubrí me ha hecho trampa. Cuando la veo asomarse da unos pasos deambulando de aquí para allá, entre los aromas que desprende toda la naturaleza y los que imagino que ella posee, hasta llegar finalmente bajo el pino centenario.
Se sienta, acomoda su vestido siempre en la gama de los azules, con una de sus manos, mientras con la otra protege el cofre.
Al principio ni bien la veía llegar y ubicarse en el banco de piedra, corría en marcha desesperada por las escaleras hasta la planta baja, abría la puerta de roble y salía en dirección a las rejas por el camino de ingreso de los coches, pero para cuando llegaba... ya no estaba.
Me inquieta saber si se encuentra con alguien o si como imagino solamente se esfuma.
Tiene la actitud de los sin tierra. La he visto un atardecer, en medio de dos sujetos que hablaban por entre encima de su cabeza. Ella permanecía inmóvil, cómplice de alguna conversación apasionada y a la vez ajena, sin intervenir, como si en realidad no estuviera.
Esta tarde cuando corrí en su búsqueda, llegue a la verja decidido a traspasarla y recorrer todo el bosque hasta encontrarla.
En la penumbra, me encandilaron las luces estáticas que con mi paso se consumían, mientras explotaban luminosidades que se desvanecían entre sonidos innobles. Quede atrapado de ese cuadro, sin movimientos, desorientado. No logré encontrarla.
Ante tal desolación abandoné mi búsqueda y al penetrar a la casa fui directamente a la biblioteca tirando todo mi cuerpo quebrantado en el sillón.
Levanté el rostro y reparé en la pintura que la evocaba. Había en ella algo que me serenaba, la misma sensación que siento al percibir la mujer del vestido azul, la dama del bosque.
En la frontera que separa el pensar y el soñar, sin darme cuenta fui perdiendo el sentido del espacio y el tiempo, reviviendo aquel día en la subasta y mi empeño por adquirir ese cuadro que solo representaba un humilde paisaje placentero y habitable.
La silueta del cuadro, la del vestido de azul sin rostro parecía tener vida ante mis ojos. Solo ante mis ojos:
-Se deja querer- comento a mi oído, un anciano de traje blanco sentado a mi izquierda- hay muchos animales llamados racionales que parecen haber vivido sesenta u ochenta años, y a los que un día se los lleva al cementerio, sin que jamás hallan logrado salir de la nada. Muchos, incluso famosos en su viaje del útero al sepulcro.
-Amar... la única salida muchacho.
Mi alma desdichada, entre lágrimas transitó esas y otras palabras: en algún lugar he nacido y anhelo encontrar el camino de regreso. Esta tremenda soledad del hombre que todo lo ha tenido en el desamparo que causa la ausencia del amor.
La luz de la luna me recibió de regreso a la frescura de ese instante reflejado con oleos: -Necesito abrazarla, algo hay en ella que conozco , algo que hace brotar en mí la certidumbre. Ella es la diferencia entre todos los otros , todos aquellos que se han cruzado ante mí y no he logrado ver. Sin tan solo destruyera el cristal que me protege de amarla.
Susceptible por todo y agotado fui a la cama y me dormí.
Esta mañana, al despertar algo me ha inquietado. Sentí que el aire y el sol tenían un aroma distinto y los movimientos se me antojaron mas llevadero y el alcohol menos necesario.
Quizá ahora la vida pueda ser más soportable.
Desperté de ese ensueño de palabras armoniosas que comenzaban a habitarme cuando abrí los ojos y clave la mirada en el espejo del pasillo que refleja el cuadro de la biblioteca.
Liberado de la cornisa donde siempre me ha llevado mi vida de fugitivo, salté de la cama, caminando en dirección a aquella duplicación y desde allí fui a tientas hasta pararme frente al original: la silueta azul del cuadro ha desaparecido.
Me asalto una hondonada de emociones que terminaron en la mujer del banco de piedra y en lo estúpido de la situación.
Ansioso fui hasta el balcón y espere cavilando y encontrando respuestas.
Tengo la mirada fija en el banco. Como otras veces ella está ahí. Con sus manos blancas está abriendo el cofre, alza la mirada que se fija en la mía y mientras estos cristales reflejan mi alegría pasmado comencé a ver en sus ojos lagrimas que caían dentro de aquel cofre hasta que finalmente... lo esta cerrando.
Rompiendo con nuestra distancia, frente a la escalinata de mármol que sube desde el jardín al balcón que da a este cuarto, sin aparta su mirada de la mía ha comenzado a regar las madreselvas con llanto, acompañado aquel gesto con su danza libre en fantasía. Yo la miro, la observo confiando en que lo hará.
Hoy en este cuarto algo inesperado ha sucedido, la mujer del vestido azul con un movimiento vertiginoso arrojo su cofre contra el cristal destrozando con ello mis últimas dudas de abrazarla.
Mi alma desdichada, entre lágrimas transitó esas y otras palabras: en algún lugar he nacido y anhelo encontrar el camino de regreso. Esta tremenda soledad del hombre que todo lo ha tenido en el desamparo que causa la ausencia del amor.
La luz de la luna me recibió de regreso a la frescura de ese instante reflejado con oleos: -Necesito abrazarla, algo hay en ella que conozco , algo que hace brotar en mí la certidumbre. Ella es la diferencia entre todos los otros , todos aquellos que se han cruzado ante mí y no he logrado ver. Sin tan solo destruyera el cristal que me protege de amarla.
Susceptible por todo y agotado fui a la cama y me dormí.
Esta mañana, al despertar algo me ha inquietado. Sentí que el aire y el sol tenían un aroma distinto y los movimientos se me antojaron mas llevadero y el alcohol menos necesario.
Quizá ahora la vida pueda ser más soportable.
Desperté de ese ensueño de palabras armoniosas que comenzaban a habitarme cuando abrí los ojos y clave la mirada en el espejo del pasillo que refleja el cuadro de la biblioteca.
Liberado de la cornisa donde siempre me ha llevado mi vida de fugitivo, salté de la cama, caminando en dirección a aquella duplicación y desde allí fui a tientas hasta pararme frente al original: la silueta azul del cuadro ha desaparecido.
Me asalto una hondonada de emociones que terminaron en la mujer del banco de piedra y en lo estúpido de la situación.
Ansioso fui hasta el balcón y espere cavilando y encontrando respuestas.
Tengo la mirada fija en el banco. Como otras veces ella está ahí. Con sus manos blancas está abriendo el cofre, alza la mirada que se fija en la mía y mientras estos cristales reflejan mi alegría pasmado comencé a ver en sus ojos lagrimas que caían dentro de aquel cofre hasta que finalmente... lo esta cerrando.
Rompiendo con nuestra distancia, frente a la escalinata de mármol que sube desde el jardín al balcón que da a este cuarto, sin aparta su mirada de la mía ha comenzado a regar las madreselvas con llanto, acompañado aquel gesto con su danza libre en fantasía. Yo la miro, la observo confiando en que lo hará.
Hoy en este cuarto algo inesperado ha sucedido, la mujer del vestido azul con un movimiento vertiginoso arrojo su cofre contra el cristal destrozando con ello mis últimas dudas de abrazarla.
0 comentarios:
Publicar un comentario