
El chico de mi barrio que vende tortas los domingos, regresaba con su hermana desde el pueblo. Él debe andar por los diez, ella tan solo unos pocos años más. Joaquín junta sus ventas para un viaje que nunca termino de saber de que se trata, algo de un certamen de judo.-
Hoy lo vi detenerse unos metros antes de donde comienza la tranquera de “Mon Ciel”, el chalet donde vivía Agustín, el escritor. Estaba parado sobre una gran parva de hojas amarillentas, ocres y secas, que desde temprano a la mañana había estado amontonando Don Santiago, el cuidador.-
Joaquín tenía una actitud incierta o pensativa. Aparentaba considerar la mejor manera de sumergirse y bucear por entre ellas pero demoraba su decisión las dudas que nacían de los ojos claros - un poco avergonzada, otro poco muerta de ganas- de la hermana, que por no atreverse soltaba sus miramientos, sujetando sus deseos.-
Mientras yo comenzaba a franquearlos, lo hizo. Se tiró de espalda soltando sonidos de alegría. Agitó al cielo las hojas amontonadas para que cayeran sobre él y quedar oculto bajo ellas. Todo parecía una pausada cámara lenta. No pude más que volver mi rostro y sonreírle.-
Asocié el instante con la mañana oscura de un par de días atrás, cuando rumbo a la estación de micros, se me antojo a mí el deseo frente a un montículo similar de hojas dejadas por los municipales, caminar sobre ellas y complacerme del murmullo al hacerlas crujir. Lo hice. Mi segundo paso sobre las hojas, piso algo extraño, algo rígido que salió disparado, asustado y que enloquecido me ladraba de puro susto no mas, a lo que yo de puro susto también le respondí vociferando gritos mudos de terror.
No solo a mí y a Joaquín nos gusta disfrutar de las hojas secas. Su perro experimenta navegar durante sus sueños la tibieza que le regalan estos colchones de otoño.-
0 comentarios:
Publicar un comentario