
Me desperté extraña. Rodeada de sombras que nadie lograba ver, comencé a decirle a Juan, de forma lenta y con mucha dificultad para hablar: -veo…
Juan, con ese humor irónico y negro característico, sin permitirme terminar la frase, preguntó nervioso: - ¿gente muerta?
Abrí los ojos y comencé a recordar los ecos del auto destrozándose contra un muro, mientras comenzaba a comprender que estaba despertando en la sala de cuidados intensivos del hospital.
Por la ventana se reflejaba la luz calida del mediodía. Vi a los pies de mi cama una desagradable mujer vestida de negro murmurando letanías y a mi derecha Juan comenzaba a despedirse, feliz de mi despertar. Volví a mirarlo a sus ojos, sonreí por su pregunta taquillera y cinematográfica y ese mínimo movimiento causo un dolor intenso de ausencia en mi pecho.
Recuerdo que cerré los ojos, para regresar a ese teatro donde una orquesta tocaba sobre un gran escenario distinguido, el mismo teatro que había conocido con mamá : ella estaba ahí. No solo veía aquella orquesta maravillosa sino que percibía cada sonido que desplegaba, una melodía sin nombre... Al abrir los ojos seguía en la sala, la misma gente, las mismas sombras y Juan partiendo. De la forma en que el tubo que atravesaba mi garganta me lo permitió comenté algo que nadie entendió y me dormí.
Dos meses después, ya en casa y en recuperación de aquel fatal accidente, mi hermana hizo el relato de la inhumación de Juan el mismo mediodía del mismo día que desperté del coma.